domingo, 7 de febrero de 2010

Mi padre…qué ligue¡¡¡

Bueno, os hago un resumen de lo que nos ha ocurrido durante esta temporada.

Os había contado que ya estaba en planta, tardó unos días en espabilar y ocurrió algo que nunca había visto, lo vi llorar.

Desconsolado y triste, adelantándose a todo lo que queda todavía por pasar,  pensando luego que el accidente había sido culpa suya (que no lo fue). Por el susto que se había llevado mi güelita, que ya no está para estos trotes después de que una tía mía muriera hace seis meses. Por la cara de mi madre, la cara de mi hermana y mi cara. Por aquel bulto que asomaba por debajo de la rodilla derecha que ya no era preámbulo de un pie, sino tan sólo del vacío. Un bulto que no dejaba de mirar. Aquel pie que tantas patadas había dado a un balón, que había recorrido tantos montes y caleyes, y que había aprendido a fuerza de paciencia, a tener ritmo para bailar en su ya mítico grupo de baile de salón. Aquel vacío que durante su vida ha sido el sustento de toda una familia. Pateando pisos y conduciendo una furgoneta, que lo mantuvo en pie durante todas las noches que trabajó en el obrador, al calor de los hornos de pan…

Y me alegro porque lloró. Lo lloró todo. Hasta la extenuación. Sacó todo el dolor, pasó el tiempo de duelo por su pérdida y ahora, ya tiene fuerzas para seguir adelante y rellenar ese bulto, no con carne, sino con su fuerza y su paciencia infinita (por algo siempre digo lo de pancha¡¡¡)

Cuando os hablé de lo que le había ocurrido a mi padre no os conté algo muy importante y es que… no es muy hablador, nunca lo fue y era una de nuestras mayores preocupaciones, porque para el apoyo psicológico es imprescindible y para que no se agobie o por lo menos, que  comparta su agobio, también. Pues algo pasó en este mes porque…. no calla¡¡¡ habla mogollón¡¡¡ Una prima mía que vive en León, tiene 15 años y ella sí que habla (tenemos que pedirle por favor que se calle porque es imposible) se quedó asustada cuando vino porque, literalmente, mi padre no la dejó hablar, ¡A ella!. Mis cejas bailaron para arriba y abajo aquel día, tuve que reprimir una carcajada ante la cara de susto de mi prima, que no daba crédito a las palabras de mi padre¡¡¡ Y luego me llevó aparte primero para ponerme al día de sus aventuras amorosas… y luego para decirme, “ pues sí que el tío Jose habla, nunca lo había oído hablar tanto” y ya me eché a reir, respondiéndole “ni yo tampoco, a lo mejor no hablaba porque hasta ahora tampoco le hacía falta para hacerse entender pero ahora sí que necesita hablar y contarnos lo que le pasa”.

Mi padre no es de esas personas que destaca cuando está en un grupo de gente. Le gusta estar con gente, reírse de lo que cuentan y contamos. Está atento, desde su silencio a que todo el mundo esté bien, sobre todo, a que mi madre esté bien. Hasta que no me fui de Macondo no me había dado cuenta de cómo miraba a mi madre, desde el otro extremo de la cocina o del salón, sonriéndole, sin decir nada, porque no necesita hacerlo. Hace amistades estando con la gente, aceptándola tal y como es.

Es la primera vez que veo que se deja cuidar, que no le da apuro pedir las cosas ( le costó todo el mes de enero asumir que cuando necesita algo no somos telépatas para saberlo y que las enfermeras están para ayudarlo cuando no estamos nosotr@s)  y cuenta los días para volver a su casa para enfrentarse a la vida. No hay cuenta final, los médicos no dicen nada sobre cuándo volverá. Él hace cábalas, tiene que suspender un viaje que tenía pendiente para ver a unos amigos, echa cuentas de que con una buena prótesis podrá volver a trabajar, a caminar por los montes, a bailar aunque sea más despacio… hace más cantidad de ejercicio que la que le pide la fisio del hospital, se sube y baja ya solo de la cama a la silla. Refuerza los brazos y espalda siempre que puede.

Y mueve el vacío para que no se le instale, ni por debajo de su rodilla derecha ni en su alma…

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