jueves, 17 de diciembre de 2009

Tratado de anatomía

 

Sigo con la erótica…. jejej…. bueno tampoco creáis, sólo tengo un poema más sobre esta temática, tengo que sentirme muy inspirada para escribir algo erótico…

Si fuera profesora de anatomía

No me limitaría a impartir

Mis clases mediante el clásico método

De abrir un libro por la página que toque y

Decir:

“Hoy toca la mano”.

Porque

Si fuera alumna de la clase de

Anatomía

En primavera

Aún adolescente

Y de sangre hirviente

Sólo pensaría:

“Las manos siempre tocan

De hecho saben tocar muchas cosas

Y de muy diferentes maneras.”

Volviendo a la profesora

De anatomía

No abriría un libro y diría:

“ Esto es una mano

llena de falanges”.

Diría algo más como:

“Estas son tus manos

formadas de crueles dedos

cumplidores de deseos:”

Tampoco sería un :

“Esto es la boca

que consta de labios, dientes y lengua”

“Esto otro las trompas de Eustaquio

que no deben confundirse nunca con las de Falopio”

mi explicación sería algo así:

“Y tu boca

suave remanso desde el cual

las palabras vuelan a mi oído

cuando no se equivocan

y viajan hacia otras

partes de mi cuerpo”.

Sería una explicación mucho más

Interesante

Pero pobres pacientes

La cara que se les quedaría

Cuando su médico les pidiera

Que “abrieran

El suave remanso de su boca”

Para observarles las anginas.

La explicación de esta

elucubración tan extraña

viene al caso de una visita

a mi médico de cabecera.

Estaba yo

Más que dolorida

Molesta

Por una extraña erección.

Sí, digo bien.

Erección.

Cosa extraña teniendo

En cuenta mi condición de fémina

Pero era una erección

Cutánea

Eso sí.

Mi piel

La de todo el cuerpo.

Estaba roja, henchida

Y acalorada.

Era como si la sangre

Se revolviera sin orden

Ni concierto.

Y me fui al médico

Con todo mi cuerpo en erección.

Cuando entré en la consulta

Y le comenté a la médica (era nueva)

Me dijo ocho palabras exactamente

Que provocaron en mí

Por segunda y consecutiva vez en mi vida

Otra erección.

Las palabras eran:

“Quítese la ropa y túmbese en la camilla”.

La segunda erección

Se producía en una de las

Partes de mi cuerpo

Que hacía mucho tiempo

Que no se manifestaba.

Mis cejas.

Y allí estaba yo

Desnuda, ante una extraña

Colorada por completo

Aunque no de vergüenza

Con mi cuerpo en ebullición

Y mis cejas levantadas.

Vamos, en erección completamente.

La explicación sobre las causas

Que produjeron mi segunda erección se basan

En un pensamiento que me subyugó:

“Es la primera vez que me dicen algo así.”

Y suspiré:

“qué se le iba a hacer. Alguna vez

tendría que ser la primera,

aunque no me la esperaba así, la verdad”.

Primero me palpó un brazo:

“¿Tienes picores?”

Mi boca procedió a responder

Negativamente

Aunque mi mente tenía otra

Respuesta hacía ya mucho tiempo:

“No, la piel no me pica

pero, a veces, en los ojos

me entran picores, como si se quedaran

secos y, de repente,

siento una gran necesidad de rascármelos

por dentro, pero no puedo

y entonces,

lloro”.

Luego procedió como ella misma dijo

A reconocer mi abdomen

Y digo yo,

Si reconocer significa

Volver a conocer lo ya conocido

¿Cómo lo iba a hacer con el mío

si era la primera vez que lo veía y tocaba?

Silencio.

Procedió a aplicar el método

Preestablecido,

Apoyó una mano sobre la otra y presionó

Con los dedos,

Cada dos centímetros preguntaba:

“¿Te duele?”

Y yo negaba con la cabeza

Aunque ésta ya estaba dando

En silencio como es su costumbre

Una respuesta alternativa,

Sin apartar la vista de aquellos dedos,

“Ahí no me duele

pero más arriba

sobre el pecho izquierdo

a veces siento como una presión

y unos ruiditos, un tan-tan

como si algo quisiera salir corriendo

de allí, algo que no tiene voz

pero que quiere gritar”.

Más tarde le tocaron, mejor

Dicho,

Tocó mis rodillas

Muslos y nalgas.

A la altura de las últimas

Me entraron ganas de decirle

Que me cogiera el dedo

Gordo del pie derecho

Y que tirara de él.

Pero no sabía bien a cuento

De qué

Provenía aquel antojo

Y no podía pedírselo

Porque

Precisamente aquel dedo

Era la única parte de

Mi cuerpo

Que no sufría de la erección, ni del

acaloramiento.

Cuando acabó con mis piernas

Se quitó los guantes de látex,

(atención al simbolismo que encierran esos guantes)

y los tiró a la basura

en un movimiento lento, descendente y

ya acostumbrado.

Y me dejó allí, durante unos segundos

Tumbada, desnuda e interrogante,

Mientras escribía algo en un papel.

Me vestí o mejor dicho, revestí

Un poco confundida y con la erección a pleno rendimiento

Y aquella médica nueva me extendió una receta:

“Es alergia”

Ésta vez sí que pregunté

Con la esperanza cumplida

De que no supiera, y no supo,

Responderme aunque mi mente ya trabajaba en la respuesta:

“Alergia a la vida

miedo a tener que arriesgarme

a apostar cuando no siempre se gana

Alergia al sol

Miedo a que su calor me atrape.”

Observé los guantes

Que descansaban sobre otro montoncito

Y me dieron ganas de recogerlos

Como prueba inequívoca de que aquel reconocimiento

Había existido.

Pero la médica esperaba a que me fuera

Para llamar a otro paciente y ponerse unos guantes nuevos

Así que me fui.

Luego se me ocurrió que si yo hubiera sido yo la médica

Y ella mi paciente

Mi método no hubiera sido una buena alternativa a sus

ocho concisas, simples, claras y llanas palabras:

“Quítese la ropa y túmbese en la camilla”

Hubiera sido todo silencioso,

La hubiera tumbado en la camilla

Entrelazando mi boca con la suya

Para que ni a su boca, ni a su mente

Le hubieran dado tiempo a esbozar ninguna

Opinión ni pensamiento sobre lo que estaba ocurriendo.

Le hubiera quitado la ropa, por no decir arrancado,

Aunque habría sido todo muy torpe

Conociendo y reconociendo

Mi poca experiencia en estas situaciones

Y la hubiera conocido y reconocido

No sólo con mis manos, desnudas

Sin guantes ni látex por el medio.

Y con todo mi cuerpo que se hubiera rendido

Ante el sobrecogedor impulso de estudiar toda

Su anatomía.

Entonces, ella no habría venido a mí

Ni yo sería médica y la erección cutánea

Más que la causa sería

El efecto y más que la enfermedad

Sería la cura.

Finalmente entré en la farmacia

Compré y tomé lo que decía en su receta

Y volví a mi casa

Mientras sentía que la erección se aliviaba.

Prometiéndome como medida de prevención

para mi salud.

Que cambiaría de médica.

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