miércoles, 22 de septiembre de 2010

Capítulo 1-II

He decidido crear otro blog sólo para esta historia, porque es muy larga y esas cosas, pero tiene acceso restringido. He mandado invitaciones a Morgana, Su y Susana. Si alguien más está interesada que me mande su correo al mío vale?y la invito. La razón es que estoy viendo que hay muchas publicaciones de literatura fantástica española, que me parece estupendisisisisimo, pero no quiero que nadie se aproveche de este blog y aparezca dentro de unos meses esta historia publicada por alguien que no sea yo ajajajaa que para eso soy la madre de la criatura¡¡¡¡Así que este es el último post sobre Labrys en este blog.

 Les pido a las profesoras, lectoras de afición y vamos todas las que veáis gazapos… que me lo digáis¡¡¡¡¡ no es el primer relato en el que hago desaparecer a un personaje principal así sin más y eso no queda bien…



Poco a poco pudo moverse. Tuvo que aprender a caminar y a sujetar las cosas. El techo y la ventana que veía se convirtió en una amplia choza llena de hierbas aromáticas y una chimenea que calentaba la casa.
La anciana, de nombre Solana, trabajaba por las mañanas en el huerto y atendía a su invitada al caer la tarde. Le masajeaba la espalda y el cuello y limpiaba su piel rasgada por los huesos rotos. Le dolían todas las articulaciones y pronto se agotaba, pero no dejó de empeñarse en volver a caminar y adquirir fuerzas en aquellos brazos que no parecían suyos.
- Me llamo Teresa, soy una cazadora amazona y me caí a las cataratas huyendo de unos orcos.- No era  toda la verdad, pero tampoco era mentira.
Se construyó un arco y unas flechas y comenzó a practicar todos los días, con empeño. Por las tardes ayudaba a la anciana y pronto empezó a cazar pequeños animales en el bosque. Cortaba leña y arreglaba los desperfectos de la choza que la anciana no era capaz de arreglar.
- Si estás pensando en volver a tu mundo, olvídalo. Las cataratas no pueden escalarse. Deberás conocer la historia del Mundo Bajo.
- ¿Para qué?
Aquella era la pregunta que llevaba haciéndose tantos años. Para qué esperaban a una chica que nunca tuvo una casa ni una familia. Para qué esperaban a una mujer en un mundo de Hombres. Para qué esperaban a una persona que tenía tanto miedo a todos los seres a los que se enfrentaba y que no hacía amistad con nadie porque sabía que tarde o temprano acabarían muriendo.
- Debo irme Solana. Encontraré la forma de hacerlo.
Junto con sus escasas ropas, Solana había rescatado su espada y comenzó a practicar con ella también. No conseguía superar aquel cansancio  que la hacía sudar enseguida.
Y así pasaron los meses, recuperándose de sus heridas, al lado de aquella anciana de la que no dudaba que era una bruja, aunque se abstuvo de hacer ningún comentario. Hasta que llegó el día en que comenzó a tallar un nuevo bastón.¿Cuántos llevaba ya? No podía recordarlo, pero sabía que le llevaría tiempo.
Sacó un tajo de un árbol caído en el bosque. Realizó sus rituales de la Diosa y, aprovechando que había llegado el invierno, el frío y la tranquilidad a aquel bosque luminoso, se dispuso a tallarlo.
La anciana no le había quitado el ojo de encima desde que había llegado. La paciencia y la fuerza de aquella chica la habían asombrado. Le había costado mucho salvarla de aquella caída. Muchos rituales y mucha energía. Pero merecía la pena. Era la primera amazona que veía. Una amazona de las leyendas que corrían sobre el Supramundo. Tantos años y ahora se encontraba con esta chica. Sabía que aquel encuentro no era casual y decidió no perderla de vista.
La chica tallaba de noche, a la luz de los rescoldos de la chimenea y aprovechando el sueño de la anciana. No podía desvelar quién era puesto que no sabía cuáles era los poderes que actuaban en el Mundo Bajo y no quería arriesgarse.
Acarició la superficie pulida del bastón. Y comenzó a tallar, un arco y un caballo para el tiempo que estuvo en Insktar y su mente voló, de nuevo, hacia el mar. Talló un anzuelo como el que llevaba colgado en el cuello y le pareció que el olor a salitre le llenaba la nariz. Le pareció sentir el viento marino, el tacto de  la cubierta del barco de Isadora en la planta de sus pies. Reunió sus recién adquiridos dolores con los que le infligió Ikasandra durante su estancia en Abat. Ikasandra, la mujer más dura que ha conocido. Aún le parecía verla, sentada delante de aquel tablero, moviendo fichas y planteándole qué estrategias utilizaría para matar a sus enemigos. Talló una interrogación al lado del anzuelo, y una manzana.
Solana la observaba. Su cuerpo dormía y ella observaba desde el techo, con su espíritu. Sabía que estaba asistiendo a un ritual tan importante como inadvertido, puesto conforme la chica iba tallando, su fuerza y su energía interior iba creciendo y haciéndose más poderosa.
Eres una chica muy interesante, podré viajar a través de ti,  a lugares que nadie de mi tierra ha visto nunca”
Teresa colocó un leño grande en los rescoldos, mientras el calor le acariciaba la cara.
Le parecía ver la cubierta del barco de Isadora. A su tripulación atareada, y a ella misma atando cabos.
Aquella época había sido de tranquilidad. No había piratas en aquellos mares y el lugar al que se dirigían y que ignoraba cuál pudiera ser, parecía tan lejano que nadie se sentía capaz de calcular en cuánto tiempo llegarían. Bárbara aprendió a pescar y a nadar. Isadora la asignó como ayudante de Alba su aprendiz.
-Harás todo lo que te mande Alba hasta que llegues a Abat.
Alba tenía su edad y vestía con un jersei a rayas, como los demás tripulantes, y unos pantalones cortos. La chica la miró de arriba a abajo.
-Tendrás que dejar esa ropa amazona para cuando bajes a tierra, a no ser que quieras coger una pulmonía. –Bárbara carraspeó y Alba sonrió.
-Ven te dejaré ropa mía.
La mujer cogió su piedra de afilar y la pasó lentamente por el cuchillo con el que estaba tallando, tomándose tu tiempo y disfrutando de aquel recuerdo.
Los días en el barco eran trabajo y trabajo. No podía estar un momento quieta puesto que Alba siempre se aseguraba de asignarle un trabajo. Sólo después de cenar, se permitían un respiro y subían a cubierta, si el tiempo lo permitían y se tumbaban a observar las estrellas.
-Isadora me ha pedido que te enseñe las estrellas.
Bárbara miraba el cielo plagado de ellas.
-¿Todas?.-
Alba sonrió a su lado.
-No, tonta, sólo las necesarias para no perderte.
Bárbara sonrió a su vez.
- La primera que tienes que buscar es Moria, la Estrella Muerta. – Alba extendió su mano hacia arriba.-Estamos pasando justo por debajo, es la que parpadea. ¿La ves?.-
Bárbara asintió.
- A la derecha están las gemelas Asir, que se mueven con las estaciones. En primavera están en ….-
Así transcurrían sus noches. Teresa talló una media luna y varios puntos alrededor. Acarició el anzuelo que colgaba de su cuello.
A la llegada a Abat, Alba se mostró muy seria.
-Has llegado, tienes que preguntar por Ikasandra.
Isadora se despidió con el signo de la Diosa, apoyando la palma de la mano en la  frente.
La tripulación también se despidió de ella. Pero Alba no acababa de aparecer y se dispusieron a sus quehaceres. Bárbara se quedó allí de pie, mirando la cubierta del barco mientras volvía a colocarse la espada en el cinto. Por fin se dio la vuelta y se dispuso a adentrarse en el muelle cuando sintió algo en su hombro. Alba había aparecido corriendo. Le tendió una manzana y le dio un anzuelo.
-Son para ti, para que me recuerdes. .-
-No tengo nada que darte.-
Alba sonrió.
-Me has convertido en maestra. Isadora acaba de decirme que alguien que enseña no puede ser aprendiz a la vez. Seré la capitana del barco.
Bárbara abrió los ojos.
-¡Eso es fantástico!. – Se acercó a ella para abrazarla, las dos se miraron y se besaron. Bárbara sonrojada, sonrió y agachó la mirada.
- Vamos cazadora, no me dirás que es la primera vez que besas a alguien….- La mirada que le devolvió la chica hizo que lo entendiera todo. – Pero, pero, ya tendrías que haber pasado los rituales de Beltane, ¡Por la Diosa! ¿De dónde sales?.
-Me llaman Bárbara, que significa la extranjera. Aún no soy una amazona de verdad.
Alba sonrió ante la solemnidad de las palabras de su amiga y volvió a besarla ante la sorpresa de Bárbara.
- Tú tienes un nombre propio y cuando sepas cuál es, nadie se atreverá a llamarte Bárbara.
Una voz desde la cubierta llamó a la recién nombrada capitana de navío.
-Tengo que irme.- Sus manos estaban entrelazadas y Bárbara se negaba a soltarla.
-¿Volveré a verte?-
- Sólo si nuestros destinos están entrecruzados, cazadora. –Y se fue corriendo.
Bárbara se quedó allí, intentando recordar cómo se llamaba la mujer a la que tenía que buscar.
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Pincha en la carátula para leer el primer capítulo (es una pasada¡¡)


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