domingo, 26 de septiembre de 2010

Mis manos

Hoy me apetece hablar de mis manos. Son como el resto de mi cuerpo, pequeñinas y regordetas. Son más anchas que largas y mis dedos son gruesos, aunque no demasiado. Me gustan mis manos porque saben acariciar y acercarse a  las personas justo en el momento y en la forma en que lo necesitan. Posar la mano en la espalda, para demostrar el cariño y la complicidad. La mano en el brazo para decir ¡Eh que estoy aquí, no te olvides de mí!, abrazar con las manos y con los brazos y por alargamiento, con todo el cuerpo. Las manos son el mejor preludio, la carta de presentación de una persona.

Si tengo las manos metidas en los bolsillos, es que están descansando de una larga jornada de trabajo. Si las muevo, es que necesito reafirmar lo que digo, si las froto una contra otra es que estoy nerviosa, o tengo frío. Si señalo, seguramente estaré explicando algo. Si levanto el pulgar arriba con el puño cerrado significa ¡Vale!.Si tamborileo estoy esperando, si acaricio la superficie de una mesa o de una silla es que estoy pensando a ver si se me ocurre la fórmula perfecta para cambiar el mundo. Si las tengo entrecruzadas es que estoy tranquila.

También me gustan mucho mis manos porque son como las de mi padre, tienen la misma forma pero más pequeñinas. Los mismos pliegues, la misma tendencia a acercarse a los demás.

 

También me gustan porque cuando era pequeña y me agarraba de la mano, la mía se perdía en la suya, parecía que iba a perderla entre sus dedos, desaparecía de mi vista, pero cuando daba un traspiés me sujetaban firmes pero suaves. Las manos de mi padre me gustan porque saben hacer pan, darle la forma perfecta a la masa.Amasan y dan forma a las cosas. Crea donde antes no existía nada. Se mueven con la paciencia del que sabe que el trabajo bien hecho exige tiempo y mimo. Yo también aprendí a amasar pan, dar forma donde no la había, hacer lo mismo que con las palabras, crear, inventar, jugar con las formas y las texturas. Lanzar la masa al aire y recogerla y volver a lanzarla y volver a  recogerla. Y me gusta porque el producto final, es decir, el pan, acaba llegando a otra parte del cuerpo que me gusta mucho, ya no la mía, aunque no tenga nada en contra de ella sino más bien la de los demás; la boca.

Y me gustan mucho las bocas, labios que se aprietan preocupados, sonrisas alegres, carcajadas abiertas en  A, con la ironía de la  E, picaronas  como la I, jocosas como la O, extrañas y poco frecuentes como la U. Bocas que exhalan palabras que no van acompañadas la mirada. Y si la mirada no apoya lo que la boca dice…

Bocas que se preocupan, que te besan, que te prueban…

Bocas que mastican el mundo, que aspiran el humo de un cigarro, que prueban tartas, que suspiran, que besan (aunque también se puede besar con la mirada). Labios gruesos y jugosos que nunca te cansan, labios finos que no muestran todo su poder hasta que los pruebas…labios que de repente se entreabren y enseñan una hilera de dientes que te quitan la respiración…

Pero volviendo a la principio:

Me  gustan mucho mis manos…

amasa

 

Me basta así


Si yo fuera Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando  -luego-  callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.

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Pincha en la carátula para leer el primer capítulo (es una pasada¡¡)


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