lunes, 20 de septiembre de 2010

La historia de Labrys (II)

Al día siguiente, una comitiva formada por casi veinte hombres, acompañaron la carreta de Romel.

La niña no recordaba casi nada de aquellos días.

Tensó el arco y apuntó firmemente a la diana. Roan no le quitaba el ojo de encima, y la niña no debía de fallar. Aspiró profundamente y soltó la cuerda. La flecha se clavó a escasos centímetros del centro.

-No está mal. Pero sigues cargando el peso sobre los hombros. Sigue practicando.

Y practicó, durante años, siguió disparando flechas, aprendió a montar a caballo, a cazar en el bosque, a luchar con una espada y con un bastón. Nadie la había vuelto a llamar Naná desde que Roan se la había llevado del castillo del Rey Castor, al que ni siquiera había visto. La llamaban Bárbara, porque no era amazona, no conocía los rituales de la Diosa Libre. Y no se acostumbraba a convivir con mujeres fuertes que no agachaban la mirada ante nadie.

A los doce años había construido su propia cabaña, y participaba en las cenas comunes alrededor de las hogueras, pero soñaba con su hogar y con Romel. Al principio se quedaba todas las noches mirando hacia el bosque, esperando a que el leñador apareciera para llevársela a casa. Lloraba en silencio, pensando en qué era lo que había hecho tan mal para que su padre la hubiera abandonado con aquellos hombres y mujeres salvajes que iban semidesnudos y que la obligaban a vestir aquella falda tan corta y aquel peto de cuero que apenas contenía su cuerpo que estaba empezando a desarrollarse.

- ¡Bárbara!. Siempre eres la última en llegar de la caza.- Roan exigió la pieza que la niña traía.

- Apenas hay caza y la he traído a tiempo.

- Cuando caces orcos, espero que no tardes tanto, o ellos te cazarán a ti.

La niña prosiguió su camino sin decir nada, notando las miradas burlonas de los demás adolescentes. Y las miradas impasibles de los adultos. Sarlan se acercó a Roan.

- Eres demasiado dura con ella. Le exiges el doble que a los demás, dale un respiro, aún le queda mucho camino y apenas habla con nadie.

-Si el inútil del Rey Castor no la hubiera escondido y permitido que llevara una vida de campesina, ahora no tendría que aprender todo esto. Es inaceptable que a los seis años no sepa montar a caballo. Ni que conozca los rituales de la Diosa Libre.

-Roan, se crió con los Hombres. Y sabes que las mujeres no pueden hacer mucho. Si le hubieran enseñado esas cosas, no habría pasado desapercibida, que era de lo que se trataba hasta que la amenaza de la Bruja Asir hubiera pasado. Si la hubiera encontrado, le habría arrancado el corazón antes de que los soldados se hubieran dado cuenta, y no me mires así, aquí no hubiera estado a salvo tampoco.

- Tiene que aprenderlo todo. La guerra llegará pronto y aún no sabemos a todo lo que tenemos que enfrentarnos.

-Aprenderá. Pero no podemos seguir llamándola Bárbara.

- Recibirá otro nombre cuando sea una auténtica amazona.

Roan agachó la cabeza.

- Pronto tendrá que irse, le enseñaré a tallar su bastón.

Sarlan suspiró.

 

-Paciencia Roan, tiene que pasar una prueba muy dura.

Al día siguiente, Roan le pidió a la niña que buscara un árbol caído seco que no estuviera podre, y le enseñó a sacar un bastón entero, de su estatura más una medida.

Le tendió su bastón.

-Mira los dibujos. Cada uno revela una parte de mi entrenamiento, los enemigos abatidos y las batallas que libré.

La niña giró el palo entre sus manos. El bastón estaba tallado de arriba a abajo.

-Un bastón no dura para siempre. Cada vez que pierdas uno, tendrás que hacerte otro y tallarlo todo de nuevo. Cada vez necesitarás más dibujos, y será el símbolo de tu poder y de tu fuerza.

La niña no entendía los dibujos.

-No necesitas saberlo, tu fuerza y tu poder es sólo tuyo. Y los símbolos sólo debes entenderlos tú. Comienza  a tallar.

La niña sacó su cuchillo y giró su bastón entre las manos. Talló un arco y una flecha, un caballo, palitos que asemejaban un bosque. Talló todo lo que había aprendido a hacer en Inkstar.

-¿Has terminado?

-Aún no.- No quería olvidar a Romel. Y después de pensarlo, talló el hacha con el que Romel talaba los árboles, una de doble fijo, enorme, sencilla pero efectiva, igual de afilada por un sitio que por el otro. La talló en el centro del bastón, grande para cubrir el espacio que le faltaba por tallar. Lo hizo con cuidado y, por lo que vio Roan, con mucho afecto.

El semblante d Roan palideció.

-¿Un hacha?.No usamos las hachas en este pueblo.

La niña soplaba para quitar las virutas de la madera.- No es una lección ni un recuerdo de aquí. Dijiste que no tenía que explicar nada.

La mujer asintió.

“Ésta es la primera señal, pronto reclamará su auténtico nombre”

Publicar un comentario

Pincha en la carátula para leer el primer capítulo (es una pasada¡¡)


leer en el libro



Dentro del Libro