lunes, 24 de noviembre de 2008

El rostro

El tiempo se desgranaba hora a hora, minuto a minuto y segundo a segundo. Mientras en el exterior se sucedían los días y las noches con la misma monotonía y aburrimiento.

Yo también me desgranaba en el sofá, me desintegraba mota a mota, en granos de arena invisibles que quedaban desperdigados por la casa, de un modo casi inconsciente; un par de granos en el baño, tres o cuatro en la cocina y los restantes en el salón, atraídos magnéticamente por el televisor. De vez en cuando los minúsculos trozos de mi ser se revolvían inquietos, la ventana estaba abierta y con el viento, a veces hasta refrescante, que se colaba por ella, los movían unos centímetros, pero no era nada grave, todos estaban perfectamente ordenados y colocados en su posición correcta.

Comencé a descomponerme el mismo día en que Laura se fue. Con su ausencia no necesitaba estar entera, mis partículas ya no necesitaban unirse para abrazarla o besarla, no necesitaba tener ojos para contemplarla anonadada durante horas, no necesitaba tener una mente, una sonrisa ni un cuerpo que me sujetase.
Mis sueños no eran todavía pesadillas, ni alucinaciones, todavía era de día.
Cuando Laura estaba, la arena no existía, solo ella y su eterna sonrisa.
Me autocastigo con su recuerdo, es lo único que me queda, gracias a él puedo conseguir juntar mis átomos esparcidos por la casa y dar un paseo por el parque.
Ella era la fuerza que me mantenía unida a mí misma y a la vida, era una fuerza electromagnética que mantenía mis átomos enganchados a su piel.

Mónica me la presentó, me pidió que le echara una mano, acababa de comenzar en la facultad. Así me fue impuesta la custodia de un alma insegura y asustada a la que tenía que acompañar justo hasta la puerta del aula e irme luego corriendo a la mía, pero con el tiempo nos hicimos inseparables. Alma enmascarada con una coraza que escondía una sutil manera de vivir la vida, doble cara de una misma moneda, pero ¿cuál era la que yo había conocido?.
Mis noches se convirtieron en el almacén de sus sueños, sueños que sin duda quería compartir y yo me prestaba a ello, sin vacilación, sin miedo. Nada ni nadie nos asustaba, en mi lecho no había monstruos, no había familia, dolor enfados ni vida real, solo ella y yo. Pero algo no cuadraba en aquella baile, no todas las sonrisas eran sinceras, ni todas las palabras claras; sombras pasaban desalentadoras, vacíos inexplicables, yo miraba para otro lado, tampoco tenía que ser todo perfecto, la vida diaria se colaba entre las sábanas oscureciendo su rostro. Aún así no me permitía entrar en su juego paralelo. Había días que no sabía dónde iba ni con quién, tampoco me atrevía preguntar, mientras me torturaba la duda. Me descubría imaginando las más dispares escenas, cualquier cosa, un café con algún compañero de clase, tiempo de estudio en la biblioteca, visitas a la familia.

- Rocío, este domingo voy a ver a mis padres-

Yo alzaba la cabeza y asentía, sin decir nada. Ella sonreía levemente colocándose las gafas en un gesto mecánico.

¿La verdad? Nunca me la contó, en realidad nunca supe lo que hacía en esos interminables domingos; tampoco quería saberlo.
En las interminables noches de calor, nos tumbábamos en la cama de la manera más fresca posible, ella boca abajo y yo hacia arriba, y dejábamos que el sueño echara su manto si era fresco sobre nosotras.
Nunca me di cuenta que era en esos momentos cuando sus átomos no se encontraban en la habitación, sólo posaban para mí, me engañaban sutilmente haciéndome creer que estaba allí.
Su mente comenzaba a fundirse con la de otra mujer que tampoco conocería.
En la cama mis partículas se separaban lo justo para unirse a las suyas, en un juego sin fin, perfecta simbiosis de cuerpos, almas e imágenes. Mis caricias se grababan a fuego en su piel, me resultaba difícil más tarde, volver a reunir mis motas.
Una suave capa de sudor nos envolvía, sutil placenta que nos protegía del resto del mundo y del dolor.
Ignoro cuando empezaron a falta elementos de aquella química de amor y de pasión, pero un día de repente, su ser desapareció. Sus gemidos y suspiros se atenuaron, solo había notas discordantes hasta que se apartó de mí.
Un día se fue y la fuerza motriz de mi vida y de mis sueños desapareció.

No quería salir a la calle, ni comer, para qué alimentar un cuerpo que ya no existía, no tenía ya sentido.

A veces en el sofá hacía un recuento y empezaron a faltarme razones también para vivir.

Así seguí durante lo que me parecieron siglos de soledad, hastío y vacío. Mis partículas comenzaron a mezclarse con el polvo acumulado de todas las semanas juntas desgranadas en la hoja del calendario, canción de números siempre repetidos, sin posibilidad de saltarse notas.

Y comencé a salir, a ver el mar, inmensa marea que albergaba mis más profundos sueños y anhelos. La brisa acariciaba mi rostro, ya irrecomponible, mi ser se me escapaba en formas de lágrimas y un día, me quedé seca. El mar las había guardado todas, allí estaban, una lágrima por cada dolor, por cada soledad, jugaban caracoleaban, y acariciaban mis pies en la orilla de mi vida.

Pasaron los años y con ellos, un desfile de cuerpos de nombres olvidados. Mis partículas se negaban a engancharse a una fórmula, a una nueva vida. Pasaban sin más, cuerpos cuyos huecos desaparecían con el cambio de sábanas.

Me perdía en noches de alcohol y desenfreno. Risas y voces aturdían mi mente, sus muecas...esconderlo, taparlo todo... el dolor, el vacío... Todo se ocultaba. Sólo había música, una suave cadencia de pasos que no llevaban a ningún lado...
Así pasé casi cinco años. Se fue facultad y llegó un trabajo aburrido y vacío como mi vida.

Busqué a Laura en todos y cada uno de los cuerpos que poblaban mis noches. Los recorría de manera exhaustiva. Indagué en todos ellos, ángulos, rictus o gemido parecido a algún recuerdo. Estudié la amalgama de átomos desconocidos, pero ninguno me llenaba.
Su imagen se había quedado grabada en mi memoria, imposible de olvidar o negar. Me perseguía en mis sueños cada vez más oscuros y vacíos. No volví a verla más, pero su espectro, conjunto de moléculas muertas se quedó vigilante en mi habitación.
Cinco años. Cinco largos años. Y me endurecí. Mis gránulos cada vez se parecían más a la graba. Negros y duros, impasibles ante todo y ante todos. Me quedé tan seca que dejé de visitar el mar. Se me olvidó que allí estaban mis lágrimas, las abandoné a su suerte y dolor. Y ellas siguieron allí en silencio, moviéndose con el influjo de la luna.

Pero un día aparecieron unos ojos extraños que me miraban en un club.

Eran unos ojos impávidos, azules, transparentes. Me recordaron el mar, tan profundos y silenciosos... Pertenecían a una chica que, sentada en la barra, no miraba nada en particular, solo observaba, tranquila. Me acerqué a ella y la miré. Ella no apartó su mirada, en realidad no hizo nada, sólo observaba. Y yo a su vez... así nos perdimos la una en la otra. Yo bebiendo en aquella mirada de agua salada, de aquella promesa, promesa de mar, de salitre. Mis granos se revolvían inquietos. No querían y sí querían estar allí. A punto estuvieron de desparramarse en mi interior pero se mantuvieron enganchados. Dolía, dolía mucho. Y sus ojos, su rostro, que hablaban en silencio, que contaban una historia mil veces repetida y nunca comprendida, una historia de dolor, de amor, de perdón, de paz... no quería irme pero mis granos no lo aguantaron y me fui corriendo. Desaparecí incluso para mí.

Pasó el tiempo, incontable e innecesario ya. Y empecé a soñar con aquellos ojos, grandes, enormes, que se posaban en el cielo y se quedaban allí todas las noches.

Dejé de ahogarme en los brazos y en las caricias de aquellas chicas que nunca me habían importado. Anhelé volver a respirar aire fresco, puro. No aquel mismo oxígeno gastado y desgastado de noches olvidadas antes ya de que ocurrieran. Mis granos se ablandaron, cambiaron el color, su olor. Incluso una vez se organizaron en una sinfonía extraña y por primera vez en muchos años, sonrieron, sonreí de verdad.

Volví a recuperar la vida. Recogí mis motas y mi química volvió a cobrar sentido. Cogí un trapo y limpié el polvo de mi casa. Fuera podredumbre, fuera alcohol, fuera sinvivir. Y la llené de colores. Las paredes antes frías se llenaron de cuadros, de paisajes, de rostros, de cubismo, de arte...

Todas las noches me dejaba arropar por aquel rostro desconocido. Y volví a salir a ver el mar. Allí estaba, aquel Rostro de Mujer. Una pequeña gota de sal bañó mi cara, rodó y corrió a unirse con las otras, con las infinitas que había llorado por Laura, y ya todas perdieron su nombre, Laura y su recuerdo se fueron con aquel gota, la sal hizo que me escociera como nunca me dolió nada pero al final, por fin se fue. Pero esta lágrima, ésta, era de amor. Anhelé volver a amar a alguien. Dándolo todo, construyendo un mundo, cada día diferente y cada día más grande y luminoso.

Y mis ojos sonrieron de nuevo, bañados por la luz reflejada del sol en el mar, de aquel amanecer en el que me curé de amor y me curé de vida.
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