domingo, 10 de octubre de 2010

El efecto Macondo

Llega el otoño y el cuerpo me pide leer la gran obra de Márquez, Cien años de soledad. La novela que, desde que la descubrí cuando tenía quince años, no dejé de leer todos los años, cuando se caen las hojas, el calor y la luz se va acortando y la garganta se va enfriando y vas cambiando las camisetas de manga corta por las largas y un día te pones una chaqueta fina y cambiando, cambiando, llegas al chaquetón y  la bufanda, un cambio gradual pero como pensaba Úrsula, no es un cambio sino que el tiempo gira y gira sobre sí mismo…

Siempre hablé de mi pueblo natal, El Entrego, como mi Macondo personal y es que allí también existe el realismo mágico. Si me pusiera a hablar de las pruebas palpables de que esto es así, acabaría por escribir cuatro tomos de todos los hechos que me han llevado a pensar que es así. No lo contaré todo porque si os remitís a los primeros post de este blog, cuando hablo de mi infancia y de mi adolescencia, se ven las pruebas….

http://ciudaddesal.blogspot.com/2010/06/el-bosque-de-la-memoria.html, aquí aparecen muestras del realismo mágico…

También aquí…http://ciudaddesal.blogspot.com/search/label/pensamientos

http://ciudaddesal.blogspot.com/2008/12/macondo.html  y éste que también se titula Macondo…

En Macondo siempre hacía calor, parece que el tiempo no pasa, y así me sentía yo en mi Macondo. Todo en el mismo sitio, las mismas conversaciones. Un lugar donde nacer, crecer, casarse, reproducirse, divorciarse, volver a casarse, seguir reproduciéndose y volverse como Úrsula, Rebeca o Amaranta. Donde las pasiones son como las desatadas por Pietro Crespi y con el mismo final. Donde José Arcadio Buendía viajaba, primero físicamente, buscando el mar y encontrándose ciénagas, e intentando construir caminos para conectar el mundo con aquel pueblo y luego viajando en su cabeza, llegando a la conclusión de que el mundo era redondo. Y los habitantes de mi Macondo son también internacionales, viajan, conocen otros lugares y vuelven o sueñan con volver a la cadena empezada en mi Macondo y que no pueden romper nunca… Esperando la llegada de los gitanos, esperando la llegada de internet, de los avances tecnológicos, de las nuevas modas….

Cuando vivía en Macondo sólo tenía que observar las montañas que lo encierran para inventar lo que existía más allá, llegaba a la luna, me recreaba en selvas, en mares, en lugares que en realidad no existían… y llegué a la conclusión de que tenía que irme. Irme para, aunque no deje de soñar nunca, abrir la mente, ver otras cosas y otras personas con otras inquietudes que fueran más allá de la cadena de vida-muerte. Es un sentimiento de amor-odio. Amor porque mi familia vive allí, porque muchas de mis amigas y amigos viven allí, y de odio porque parece que el mundo exterior existe sólo por la tele y por internet. Ahora entiendo, después de quince lecturas, la locura de José Aureliano Buendía, la vuelta del coronel Aureliano a su casa y a sus pescaditos, la muerte de Pietro Crespi, el encierro de Rebeca y tantas cosas de esta novela, que aunque siga leyendo hasta completar los cien años de soledad, releeré como la primera vez, descubriendo nuevos detalles y más matices…. y seguiré dedicándole posts... hasta que pasen cien años.

cienañosdesoledad

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Pincha en la carátula para leer el primer capítulo (es una pasada¡¡)


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